martes, 18 de octubre de 2016

Estambul

Estambul

Maginemos nuestro planeta sin Roma, sin París o Nueva York. Difícil, ¿verdad? Son tantos los atractivos de esas ciudades que el mundo no podría considerarse mundo sin estos faros para la arquitectura, el arte y las tendencias de todo signo. Pues Estambul no tiene absolutamente nada que envidiar a esas grandes ciudades. Incluso más: es difícil encontrar otro lugar que pueda hacerle competencia en Historia, en plástica y, sobre todo, en personalidad y vivencias. Lejos de rendirse al peso de las centenarias piedras con que se construyeron sus numerosos monumentos, la que fue capital del Imperio Otomano se regenera con esa fascinación que producen las ciudades-frontera. Y esta lo es más que ninguna otra en el resto del planeta: con un pie en Europa y otro en Asia, o lo que es lo mismo, en el límite entre el Cristianismo y el Islam; entre Occidente y Oriente; entre la antigüedad y un futuro desbocado… La mayor parte de las bellezas de esta inmensa urbe de más de doce millones de habitantes se concentran en el barrio de Sultanahmet, en la zona europea. Allí, en una enorme explanada ajardinada compiten en señorío (y visitantes) Santa Sofía (o Aya Sofia) y la Mezquita Azul (o del Sultán Ahmed). La primera ha sido rejuvenecida después de siglos de ocultación de buena parte de la decoración original, gracias una laboriosa restauración que ha llevado casi dos décadas. Si ya impresionaba la visita a este enorme templo, construido hace más de 16 siglos, ahora resulta casi imposible controlar la mandíbula ante el asombro que produce su magnífico interior, su soberbia cúpula de más 55 metros de alto y 33 de diámetro, sus galerías con vistas al gran vano central y cómo no, los mosacios que decoran altares, muros, pilares y pechinas Por su parte, la Mezquita Azul se levanta sobre el solar donde en la antigüedad estaba el palacio imperial de Constantinopla. Al ver su aspecto exterior no se entiende muy bien el calificativo de azul. La incógnita se despeja al penetrar en su interior, con una espectacular decoración donde los celestes azulejos de Iznir son protagonistas. Si impresiona la belleza de la cerámica, no menos lo hacen la maraña de pequeñas lámparas que cuelgan del techo. 
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